jeudi 26 novembre 2009

De cuando comía mango



Porque el amor y sus derivados no tienen ojos.

Sólo manos que se mueven a tientas.


Aún recuerdo la primera vez que sucedió. Yo tenía 16 años y una vida entera de curiosidad bajo el brazo. Fue inútil pensar que tal vez lo olvidaría. El dormitorio se sentía verde como el vértigo y mi cuerpo estaba flácido como los bigotes colgantes del abuelo en la foto de la antesala. Fue mi primer orgasmo.


Solíamos vernos a diario y todo funcionaba tan bien entre nosotros, en el mundo, en la sociedad; como un reloj de plaza citadina que va siempre hacia el frente, nunca hacia atrás. Nunca retroceder, jamás revivir lo vivido, así era todo hasta que pasó. En nuestros diarios encuentros desayunábamos con mangos en la mano y coca cola en la mesa. Reíamos como si frente a nosotros y en medio de los mangos hubiera un payaso de pelo rojo sangre y ojos saltones como los de los sapos que brincan lúcidos afuera de casa. Entre suspiros causados por la llenura, yo soltaba palabras referentes a música, su música. Sus ojos brillaban con mis descubrimientos. Summertime era nuestro tema a la hora del primer bocado diario. No importaba quién la cantase, si acaso Janis, la grandiosa Ella Fitzgerald o Tori Amos y su virtuoso piano, siempre y cuando sonase tras nuestras cabezas en la radio cercana a la mesita del comedor, el orgullo asomaría en sus labios y trazaría una línea horizontal en su rostro. Mi intuición musical era tan acertada que ni el sonido de un bongó hubiera podido alegrar esa alma como yo lo hacía.


Durante las noches frías en que la ciudad se viste de luces y nieve que cae del volcán, agarrábamos las bufandas e íbamos, acompañados de mi hermano mayor, a comprar pollo en el asadero de la esquina. Nos acercábamos con ansias y algo parecido al hambre, sin ser precisamente eso, a donde el viejo Pablo y ordenábamos pollo acompañado de papas fritas que, tiesas y amarillentas como nuestros dedos, eran heladas por el frío andino. Comíamos sin prisa y con tedio. Siempre creí que el pollo bailaba en nuestros estómagos haciéndonos sentir pesados para no subir hasta la misma cumbre del volcán para patearlo y reclamarle que por qué diablos el clima y la nieve y las papas frías. Al final de la velada, nos despedíamos y rogábamos a Dios por su bendición, el dinero y la digestión.


La proyección de su sombra en mi vida fue una ventana a la realidad que la adultez me haría rechazar inevitablemente. Supongo que todo joven necesita un Che Guevara en su vida y yo contaba con uno propio para batallar al rector del cole, a mis compañeros y a mi hermano. Cada noche discutíamos el valor social del tango argentino, la trova cubana y la cumbia colombiana. Yo, a pesar de mi juventud, barajaba muy bien, bajo su tutela, los argumentos en pro y contra de la identidad nacional y -por qué no- sudamericana, haciéndole saber a mis compañeros que eran unos imbéciles por preocuparse del fútbol y no de una revolución que rompa fronteras, neocolonialismo y el Canal de Panamá.


Aún recuerdo la primera vez. Mi vértigo se vuelve esperanza al rememorarlo. Mi hermano había salido a un concierto de rock y no volvería sino hasta entrada la madrugada o tal vez en la mañana, con el periódico bajo el brazo. Yo bajé las escaleras de casa, devoré un mango románticamente bajo la luna en el portal y me deshice de la pepa y el hambre, una vez que lo amarillo y carnoso desapareció de la fruta. Don Pablo cruzaba la calle con una Pilsener en la mano. El trago lo hacía ver curiosamente tierno cuando borracho. Yo, por mi lado, crucé mi casa hasta mi cuarto y, curiosamente, me dispuse a dormir pensando en nunca más desayunar mango.


El frío de Quito es muy particular. Es un frío tenso, con voz indígena y brazos de leyenda que congela los huesos, aún más los cartílagos. Mi nariz se había puesto fría y me fue casi imposible conciliar el sueño. Como es costumbre en mi vida, cada vez que obtengo un logro, alguna casualidad me golpea y hace pensar en que, tal vez, la perennidad y yo tenemos sinos ajenos. Cuando el sueño me llegó, la radio se encendió estruendosa. Joan Manuel Serrat cantaba Mediterráneo y yo rogaba por que alguien calle al catalán. Fue entonces que su sombra apareció con olor a trago y aproximó sus labios a los míos en un primer encuentro que se repetiría cada sábado por la noche y domingos por las mañanas. Su lengua invalidaba a la mía y formaba un puente. Parecía que el puente se extendía, que se iba para abajo y hurgaba en mi rostro buscando una salida, una nueva libertad para expresarse. Puente, puentecito de mi vida, te saliste por entre mis labios y mostraste doce cristales que encontraron satisfacción al creer haberse visto reflejados en su sonrisa, pero no. Ambos cerramos nuestras bocas y revolvimos nuestras carnes en muestra perfecta de afecto, de necesidad, de condescendencia y un poco de ansias de salvación. Serrat cantaba Penélope.


Al terminar su labor por aquella primera vez, me vio a los ojos y, como en noches pasadas, cuando yo era aún pequeño y no sabía sumar, se despidió con un beso en mi frente diciendo:

-Buenas noches, hijo mío.


Fue mi primer orgasmo.

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