lundi 6 septembre 2010

Superstar Wonderful Weirdos* O Del Amor Hacia Maldi

Superstar Wonderful Weirdos*
O
Del Amor Hacia Maldi

A Maldi y a Favio,
Por esta inverosímil fascinación.

Y tu sombra
Fina y lánguida,
Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectada
Sobre las arenas tristes
De la senda se juntaban
Y eran una
Y eran una
¡Y eran una sola sombra larga!
José Asunción Silva - Nocturno


1.
Weirdos

There’s Judy Garland taking Buddah by the hand
And then these seven little men got up to dance
They say Confucius does his crossword with a pen
I’m still the angel to a girl who hates to sin
Tori Amos – Happy Phantom

La condena fue estar mil años errante en este parque junto a otros seres poco disímiles y muy inconexos: borrachos, hermafroditas y uno que otro pillo que pagó por ladronzuelo. Yo no recuerdo bien por qué me tocó estar aquí pero lo cierto es que tan mal no se la pasa. Cuando uno muere y le toca penar por el mundo desde la esquina de un parque, no se está tan mal. La gente viene y va sin molestar realmente, los perros nos reconocen por su aguda percepción y la mayor parte de ellos nos habla con un lenguaje que les viene desde el fondo del estómago, y se nos permite fumar. Yo tuve la suerte de morir con un poco de hierba en el bolsillo y me ha durado por un buen tiempo. Un buen porro bajo la sombra de un árbol ayuda a sufrir menos la muerte.

No sé bien cuándo morí, pero estoy muerta desde hace algún tiempo y son pocas las cosas que extraño de mi vida, cuando vivía: la sopa caliente de mi madre al volver del trabajo, el ruido sempiterno de los buses e ir al gimnasio a diario. Debo decir que, entre todos los que nos encontramos aquí, soy yo quien posee el mejor cuerpo, metafóricamente hablando, ya que carezco de alguno, pero mi alma se hubo moldeado bien a aquel que tuve hace ya mucho.

Cuando la noche cae, nos reunimos en grupos, por afinidad. En el mío constamos un transgénero de lo más simpático con una cara espectacular, un ex sargento de la marina, un hippie que lleve aquí décadas –lo puedo medir porque todos saben de qué época datan los hippies-, una feminista que se rehúsa a usar sostén y yo, un híbrido de todos ellos, con cierto aire intelectual.

Durante estas tertulias, discutimos un poco sobre lo que logramos recordar de nuestros mundos: los olores, los sabores, los lamentos y las pequeñas alegrías que ahora sólo se nos permite disfrutar a la distancia, desde un lado lejano y ajeno a aquel al que alguna vez pertenecimos. Como la vida que llevamos es larga y un poco pesada -¡ja! La vida, no he podido alejar esa palabra de mí, a pesar de estar bien muerta-, a veces nos dispersamos unos de los otros, nos volvemos un poco taciturnos y nos miramos cada uno a sí mismo, preguntándonos lo mismo que nos preguntábamos antes de morir, pero con la ligera diferencia de saber que esta vez no habrá una muerte, ese puente que todos creen que les llevará hacia un poco de libertad de estas preguntas incesantes. Cuando al final nos cansamos de rondar los árboles, cada quien acompañado por su propia muerte, nos reunimos nuevamente, pero ahora cerca de alguna fuente de agua y cantamos canciones que aviven nuestro penar. Solemos empezar con algo ligero y de aire reptante, algo así como canciones de Cole Porter o esas de los Doobie Brothers. Una vez ya encauzados, pasamos a bailar alrededor de la fuente, formando una ronda como niños de pre-escolar, y avivados por un porrito de esos que a cualquiera le arranca una sonrisa, cantamos algo más apropiado y rítmico –mi favorita es I am the walrus- mientras nos reímos de la muerte y de nuestras penas lúgubres de tres-tristes-tigres. Mi amigo transgénero suele soltarse el pelo locamente, como emancipándose, mientras todos, ya flotando sobre el agua, arrancamos su ropa –para disgusto de la feminista- y pasamos el porro por boca de todos. Una especie de aquelarre frustrado, un exorcismo que no logra serlo, una iniciación de fraternidad sin premio ni nada que recibir a cambio, excepto la luz del día que se acerca dormida aún y nos golpea los cuerpos cansados.

Afortunadamente, el cansancio no existe para los que habitamos este mundo y la sensación dura poquito. Tampoco el dolor existe aquí, ni siquiera tratando. La feminista muchas veces ha lanzado objetos de increíble volumen sobre la cabeza del marino, logrando solamente que este bufara de decepción. Lo que sí tenemos durante el día es el ansia del juego. Cuando uno muere es como volver a nacer, pero sin nacer. Se conocen las cosas nuevamente, desde una perspectiva inaprensible, y aprendemos a aprehender –no a aprender- el mundo desde esta perspectiva incorpórea, etérea y así, los árboles son solo cuerpos dispuestos aleatoriamente que atravesamos como si fuesen puertas. A las personas que aún gozan de latidos en sus corazones también las atravesamos, dejándolos confundidos y, a veces, nos adueñamos de su voluntad y los llevamos a lugares diferentes de aquel donde los hallamos. Una vez mientras la feminista y el transgénero discutían de la diferencia entre un hombre y una mujer, el transgénero, quien en vida fue un agradable psicólogo según nos ha contado, le impuso el reto de ser hombre por un día, un poco por jugar con ella y un poco por demostrarle cuán reconfortante fue su cambio de género, de hombre a mujer, por todas las facilidades que el sexo femenino ofrece. Así que mi amiga feminista, sostén y porro en mano, se adentró en el cuerpo de un transeúnte fornido que leía el periódico sentado sobre una banca. Luego de los acostumbrados aspavientos del sujeto en cuestión, mi amiga pudo disfrutar de las comodidades de vivir en un cuerpo sin necesidad de sostén. Se levantó con gracia, con cierta incomodidad entre las piernas, mientras se con sus ojos estudiaba su nueva anatomía. El transgénero y yo le sugerimos que se acercara a una chica delgada y de aire suave que leía con delicia sobre una banca un poco más alejada. Después de un cruce de palabras y de por fin sentirse hombre de verdad, la feminista regresó cabizbaja y un poco molesta por no haber logrado ligársela. Una vez fuera del cuerpo de aquel sujeto y de la confusión de este por un dolor fuerte en su mejilla, ella, mi amiga, agarró sus senos con firmeza y los meneó, celebrando en parte ser mujer y en parte estar muerta.

Así los días pasan cuando se está muerto, mientras esperamos que el Cielo o el Infierno se dignen en notificarnos cuántas plegarias ha habido por cada uno de nosotros para bajar. Quizá subir.


2.
Superstar

Follow her down to a bridge by the fountain
Where rocking horse people eat marshmallow pies
Everyone smiles as you drift past the flowers
That grows so incredibly high
The Beatles – Lucy In The Sky With Diamonds

Maldi solía sentarse a leer todas las tardes un buen libro en el parque de las soledades. Sé que eran buenos porque, aunque nunca verifiqué la calidad de los mismos, eran todos ellos de autores exquisitos. Maldi llevaba vestidos de colores claros como los sueños, un poco gastados como para que el mundo no la reconociera cada vez que se sentaba a esperar que la vida acabara de golpe. Yo la veía desde atrás de un árbol, un poco nerviosa y bastante trémula por verla pasar las páginas, por verla tomarse el pelo, enrollarlo como una alfombra y echarlo sobre su cabeza para sostenerlo con algún clavel que hallaba bajo sus pies. Lo cierto es que siempre me intrigó, desde el primer día, cuando pasamos junto a ella buscando un buen lugar para terminar de fumar un bate que no habíamos terminado de consumir días antes. Y la vi allí, estampada como un tatuaje en el horizonte mientras jugaba con el separador de páginas entre los dedos de sus pies. Lo cierto es que nunca pudo sentarse debidamente con los pies tocando el piso, pues prefería formar un ángulo agudo con las piernas sobre la banqueta y dejarse estar allí con los ojos metidos en el libro, las manos a los lados de las caderas, el libro sobre los muslos y los pies anclados. El viento la abrazaba, como lo hacía el Levante con Preciosa. Ella se agarraba de la banca y bajaba la mirada hasta tocar el libro con la frente para, con un rápido movimiento, volver a peinarse echando la cabeza hacia atrás, agitando su cabello de un lado a otro, como si estuviera en una publicidad de productos para el cabello.

Cuando Maldi aparecía en el parque, al principio mis amigos y yo la seguíamos con curiosidad. Se sentaba con su I-pod a leer, a veces a Pizarnik, otras a Storni y otras simplemente se quedaba sobre la banca mirándose las manos, los pies, los muslos. Mi amigo el marino se deleitaba viéndola verse, examinarse la pulida belleza de su cuerpo. La feminista pronto se cansó y el resto lo hizo con eventualidad. Solamente yo me dedicaba a observarla con detenimiento cada tarde, a estudiarla como animal raro. Por las noches, cuando ella volvía a irse, con un batecito armado y listo para ser fumado, me dedicaba a contemplarla en mi cabeza, con detenimiento, con obsesión. Mientras todos cantaban algo de Marley danzando en círculos sobre el agua, yo la imaginaba lívida y desnuda a contraluz, estudiando sus formas deleitables, la imaginaba junto a mí, lívida y muerta, volando alrededor de los árboles del parque, tocando la luna infinita y sensual con la yema de sus dedos mientras los míos la reconocían con morosidad, con tranquila y sempiterna morosidad, puesto que en el limbo no hay tiempo y por ende no hay apuros. Y así la imaginaba cada noche y la espiaba cada día.

De a poco fui volviéndome una isla, como aquella desconocida del cuento en el que el barco también es una isla y la mujer que limpia también es una isla y así Maldi también es una isla que ansiaba habitar, sin embargo, jamás me atreví a tocarla. Muchas veces mis amigos me incitaron a atravesarla, a vivirla, habitarla como a una casa que requiere que la cuiden, pero mi voluntad no me lo permitía. Me resignaba a flotar a su alrededor, a ser un satélite o un parásito que se alimentaba con la visión de ella. Muchas veces estuve a punto de ser golpeada por el agitar de su cabello con el viento. Sin embargo, me deleitaba con el olor de su cabello confundiéndose con mi porro.

De poco fui volviéndome más que una isla. Me convertí en un zombie. En una muerta en vida durante mi muerte. En una cosa doblemente muerta y revivida por algo parecido a la fascinación, mientras esperaba, alejada de mis amigos, el dictamen del Infierno y, a veces, cuando estaba junto a ella, la decisión del Cielo.


3.
Wonderful

And if I die today
I’ll be the happy phantom
Tori Amos – Happy Phantom

Somebody calls you, you answer quite slowly
A girl with kaleidoscope eyes
The Beatles – Lucy In The Sky With Diamonds

Estamos los 5 nuevamente en el mismo parque de ayer. Las personas van y vienen mientras nos miran fijamente, con extrañeza. Debe resultarles raro ver a un grupo de 5 personas tan disímiles sentados bajo un árbol fumando y bebiendo. Sin embargo, estoy lista de nuevo. Mientras pongo el pequeño papel secante en mi lengua para tripear, veo, a lo lejos, a Maldi que se acerca nuevamente a la banca de ayer. Me saco los zapatos para correr mejor y empiezo a notar cómo el cielo se llena de colores fosforescentes, cambiantes, como un caleidoscopio gigante estampado contra el horizonte. Una vez más, comienzo a sentir que puedo volar y que estoy más allá de esta vida, mientras me dirijo hacia ella, tan desprotegida con su pequeño libro sobre su vestido, alucinado.

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