tus labios son un alba sin contorno.
Bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.
Federico García Lorca – Casida de la mujer tendida
Give me peace, love and a hard cock
Tori Amos – Professional Widow
Todo el lugar parecía un completo desastre. Las sábanas se habían rebelado contra la pulcritud y se fundían con las almohadas en un abrazo impúdico y húmedo. La habitación estaba silente, solo los gemidos de hace unos momentos se ocultaban tras las motas de polvo que brillaban a contraluz. Por las cortinas entreabiertas se filtraba el tímido brillo de la luz del alumbrado público. Todo estaba ridículamente perfilado. Los objetos proyectaban fantásticas sombras sobre el piso de madera pulida de la habitación. Cada una se prolongaba con la otra; por instantes parecía que aún tuvieran movimiento. Los cuerpos permanecían yertos en la oscuridad. La pequeña muerte había consumido toda su energía momentáneamente y resultaba imposible descifrar el momento en el que despertaría.
Su cuerpo se extendía libre y asimétrico como queriendo desdoblarse para escapar por los dedos y obtener una panorámica del lugar. Sus labios se entreabrieron egoístamente luego de esa nueva mirada al mundo y ovillaron el segundo Marlboro de la noche, el cual encendió con cierta delicia. La voluptuosidad de las bocanadas que producía en conjunción con el ritmo sincronizado de su respirar despertaron una vez más en mí esas ansias de pureza que cualquiera de nosotros siente en situaciones como esta, por lo que, sigilosamente, a tientas y con candela en las extremidades, me aproximé en una nueva tentativa de seducción. El humo fluía en el ambiente, como cuando la lluvia recién empieza y todo es bello hasta que un relámpago ultraja la tranquilidad. Mis manos se hundían en la humedad que se había impregnado en el colchón, sin embargo mi empresa necesitaba ser emprendida hasta la cúspide del plan. Luego de rozar delicadamente la tibieza del interior de sus muslos, proseguí el camino anteriormente trazado que lleva a la ternura del fruto de las de su especie. Demostraban sus ojos cierta actitud intranquila, empero plácida, de niña que abraza a sus muñecas para irse de vacaciones por un largo período. Nos encontrábamos así, yo con la vista puesta entre sus muslos encendidos que formaban un ángulo agudo y mi contraparte con la espalda en actitud gozosa y arqueada, como cuando nos preparamos a recibir el año nuevo.
La salinidad líquida de su piel, a causa del pesado ambiente infestado de cigarrillo y calor, se adhería a mi rostro lentamente y rodaba ociosa junto a la mía. Ahora sus manos. Con todo mi ser metido hasta el tuétano en la maravilla del lado interno de sus muslos no fui capaz de detener la locura de sus manos. El desierto de mi espalda era colonizado por sus dedos, con suaves roces, intermitentes, voluptuosos. Sus manos se dirigían en direcciones opuestas y complementarias, haciéndome sentir como un pedazo de alfombra en el lobby de un gran edificio. Ahora sus pies. El ambiente veíase plagado de humo de Marlboro y el calor magnificaba el dolor/placer de sus alaridos al retumbar contra los muebles de la habitación. Como un futuro occiso que sufre de epilepsia, sus manos solitarias que navegaban en mi espalda no divisaron el esplendor de la muerte; sólo fueron testigos del colapso brutal de sus muslos, paralelos y hermosos enmarcando mi rostro. Haciendo un recorrido mental de los perjuicios, imaginé dos tótems extendidos orgullosamente sobre el colchón, muestra innegable de la presencia de esa muerte perfumada y de textura viscosa que nos invade el alma cuando nos atrevemos a disfrutar de los placeres ocultos de la Filosofía del Tocador.
Eran ya dos muertes en el mismo campo de batalla. Un nuevo desastre yacía silente sobre las sábanas revueltas. Un brillo dorado de estrella se elevaba por entre los escombros del lecho: el tercer cigarrillo de la velada. Había siete más por consumir.

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